7 de julio de 2017

4 de mayo de 2017

¿Qué hacemos si maltratan a un niño delante de nosotros?

Llevaba toda la vida queriendo hacerlo. Sí, sí, puede sonar exagerado pero es así. Cada vez que veía una escena de maltrato a un niño en el metro o en la calle me ponía enferma, me subían calores, colores, me daba taquicardia y lo peor, necesitaba toneladas de fuerza interior para contener el torrente de quejas, improperios e insultos que eso me provocaba. Hasta el otro día tuve esa fuerza. Me quedaba con una frustración y rabia enormes por no poder proteger a alguien tan indefenso, sabiendo perfectamente que si en público el padre o la madre actuaba así, qué no sería de puertas adentro. Fantaseaba con la idea de que tenía que haber policía para padres, qué es esta impunidad de porque lo he parido, porque está bajo mi techo, porque es carne de mi carne.

El domingo pasado algo cambió, y no es que no tuviera la fuerza para contenerme, es que me vi llena de otra fuerza mucho mejor, la de estar más tranquila, más en paz conmigo y desde ahí tener la confianza de que no iba a saltarme las formas.

En el autobús, había una señora con sus dos nietos, como luego ella confirmó. La niña, de unos 4 años, no paraba quieta, se sentaba, se levantaba, daba vueltas, se reía mientras tanto, en fin, lo que suelen hacer los niños a veces. La abuela, después de llamarla la atención varias veces con cariño cero ni corta ni perezosa la agarró por una de las coletas y tiró con fuerza mientras la agitaba. No sé si veis el movimiento. Todo esto mientras gritaba. La niña se quedó llorando un buen rato mientras se ponía la mano en la coleta, con gesto de mucho dolor.

Os ahorro cómo me sentí exactamente porque cualquiera con un mínimo de empatía lo sabrá. El caso es que aunque ellas estaban al principio del autobús y yo en la mitad, lo que dificultaba aún más que interviniera, algo en mí se empezó a movilizar y la sensación de tener que decir algo era más fuerte que nunca. Me levanté, mirando a la niña y mirando a la abuela, que se justificaba en voz alta por lo que había hecho. De pronto se acercan para bajarse. Justo a mi lado. Yo las miraba y la abuela aprovechó para seguir buscando apoyo, en este caso el mío. Ahí estaba mi momento.

No recuerdo las palabras exactas porque los nervios que tenía eran importantes, pero vine a decirle que esa no era forma de tratar a una niña, a lo que ella replicaba que no entendía, y yo, que aunque no entendiera no había que pegarle. Se empezó a poner nerviosa y a decir que ella le daba de comer así que ella hacía lo que quería. Mientras se bajaba y ya con tono amenazante siguió diciéndome que no me metiera y yo que sí, que no era de su propiedad.

Después de salir ellas me quedé con el resto del autobús. Una pareja de unos setenta, defendiéndola, diciéndose entre sí para que yo oyera, que algo había que hacer y que no había que meterse en eso. Y yo volví a replicar, con los mismos argumentos, claro que hay que meterse, es un ser humano y le están haciendo daño. Me miraban como si fuera de otro planeta. Otro matrimonio de mediana edad, él comentaba, una buena torta en un momento dado, es muy útil, otra mujer mayor, e incluso una más joven, se acercaban para salir y también les daban la razón. La más mayor un tanto agresiva conmigo. Era el final de la línea y según bajábamos las escaleras me increpaba y yo ya harta de tan poca sensibilidad y tanta marcialidad, le repliqué que si le parecía buen sistema tal vez le podían pegar también a ella para que aprendiera, del mismo modo que ella defendía que peguen a los niños. Tal vez suene un poco amenazante, pero sólo intentaba que se pusiera en su lugar. Es como si los niños no fueran personas... no sé, es una extraña concepción de la infancia que tiene mucha gente.

Cuando me alejé, estaba muy acelerada pero satisfecha. Al fin. Y desconcertada también por no haber encontrado ni un solo apoyo. Qué tristeza. Cuánto por hacer. Lo que creo haber entendido es que si esta vez pude hacerlo fue porque no me salía con la agresividad de otras veces, me sentía más amorosa conmigo y eso me daba fuerza. Atacar a lo loco no hubiera servido de nada. Esto no sé si sirvió de algo, espero que moviera un poquito la conciencia de esa mujer, que era evidente que también sufría. Incluso luego pensé que lo podía haber hecho aún de una forma más empática con ella para que lo recibiera mejor. Pero eso para la próxima. De momento, esta experiencia me reafirma en la importancia del amor para cambiar las cosas. Me da hasta un poco de pudor decirlo, pero aquí estoy con él.

Y por último y primero, recordar que los hijos no son propiedad y desde luego tener o adoptar un hijo no da a nadie derecho a maltratarlo. Es muy complejo defender a estos pequeños seres que están bajo la tutela y el escondite también de sus padres. Pero no está de más que pensemos, y que actuemos también, que acabemos con esa idea retrógrada de que como es mío le puedo pegar.

16 de abril de 2017

Corazón de agua (Minusculidad 1)

La verdad es que a veces soy intrépida. Volver por aquí después de tanto tiempo con esta... Uf. He decidido llamarlo minusculidad porque suena más cariñoso que otras cosas que se me ocurren... Porque mi jueza interna -aún con demasiado poder sobre mí, lo reconozco-, dice que vaya chorrada y que cómo se me ocurre subirlo al blog. Menos mal que tiene poder pero no absoluto, por eso después de unos días aquí estoy. Reivindicando mi parte naíf, ingenua y quién sabe si rayando lo cursi en algún momento. Me arriesgo. Es tan difícil ser, SER, sé tú mismo, tú misma, se repite hoy por todas partes. Sí, sí, genial, pero luego me vais a criticar, jodíos, los mismos que decís eso.

Y superada esta especie de circunloquio, os cuento un poco cómo surgió esta charca. Fue tan sencillo como estar trasteando en la cocina mientras recogía el desayuno y de repente.... Cha chan.... Un corazón de agua. Tal cual. Allí estaba en mi encimera sin haberlo llamado. Claro, no os he contado una cosa... esto sí que raya en lo cursi, lo confieso, me gusta fotografiar corazones espontáneos. Es decir, formaciones que me voy encontrando por ahí que resultan en un corazón de estos de mentira que no sé quién se inventaría. Sí, esta es la romántica que llevo dentro y no dejo salir mucho, la verdad... Tengo hasta de chicles en el suelo.

Pues el caso es que en cuanto lo vi, me puse muy contenta y corrí a por el móvil. Le hice una foto y después empecé a pensar que un hallazgo así se merecía algo más. Qué posibilidades tenía de volver a encontrarme con un corazón de agua natural, vamos, sin químicos ni manos humanas de por medio. Así que inicié una sesión de fotos para mi modelo preferido y fui añadiendo elementos hasta que se me ocurrió lo de la charca. Si un día me animo me gustaría hacer un collage con más fotos, pero por ahora os ahorro ese despliegue.

Para mí la gracia radica en que surge de algo espontáneo. De hecho es la primera vez que hago algo así, normalmente hago la foto y punto. Y así creo que seguirá siendo, esto ha sido una excepción. Pero sí me ha apetecido empezar con esto una serie, porque me gusta mucho hacer fotos y muchas veces pienso en colgarlas y no lo hago, así que tomo mi corazón de agua como impulso. Ya tengo otra muy curiosa que subiré en breve.

Semejante minusculidad se me hace aún más minúscula (o absurda) pensando en las últimas noticias de la guerra, de las guerras. Los últimos sirios asesinados mientras estaban a punto de conseguir intentar huir (demasiado infinitivo para ser bueno). La madre de todas las bombas, dicen los medios, lanzada por el innombrable (no me gusta nada eso de ver madre y bomba en la misma frase, lo siento mucho). No podemos desligarnos de esto, qué hacemos. En fin, no quiero ni decir cómo me siento, me parece un lujo hasta eso. Pero lo que decía es que siento el absurdo de hacer algo así mientras pasan cosas tan tremendas, aunque no vamos a matar la vida y la inocencia, ¿no? No se trata de eso. Con mi corazón plagadito de impotencia, os regalo este de agua.

10 de septiembre de 2015

- Si no supiera que estás casada y tienes hijos, me enamoraría de ti.
- ¿Y cómo puedes controlar eso?
- Si no pudiera estaría muerto.
- Pues yo creo que es al revés. Si no controlaras tanto, estarías muy vivo. Tal vez jodido, pero vivo,

16 de abril de 2015

Habitar la calma

Escuchar Radio Clásica por la noche. La Hora Azul. Se para el tiempo. Otro ritmo entra en tu casa y en tu piel. De repente no hay guerras, ni violencia machista, ni corrupción hasta los huesos. Sólo una música que te devuelve a ti. Incluso las voces. El locutor, los invitados. Me encanta escucharlos y sentir que habito en otro planeta.

12 de abril de 2015

El cuerpo y su sabiduría escondida en Olvida tu equipaje, Radio Utopía

Estoy muy feliz de traeros este programa de radio que he hecho gracias a Armando, conductor, director y alma de Olvida tu equipaje, en Radio Utopía. Me ha abierto la puerta para tratar un tema apasionante. Como especialista en la materia nos ha acompañado Borja Gasset, psicoterapeuta corporal. Ha sido un enorme placer hacer radio con los dos porque son encantadores.

Y de qué hablamos. Pues de si escuchamos al cuerpo realmente, cómo le afectan las emociones, qué es la memoria corporal y también sobre qué hábitos conocemos para estar mejor y qué otros se pueden adquirir.

La tertulia sobre el cuerpo está salpicada con un reportaje en exteriores (Armando ya lo dice, ¡La reportera de interiores en el exterior!), un diálogo mente-cuerpo, que nos desvela qué pasa a veces en nuestro interior y un tema musical de la película Cabaret con invitación a soltarse la melena.

Me encantaría escuchar vuestras opiniones, sentires y comentarios sobre el tema.