27 de agosto de 2007

La comparación o el veneno autoinoculado

(Taller de pintura)

Terrible momento
el de mirar alrededor
y ver todo lo que no somos
no tenemos.

Qué colores...
y esa forma
podía habérseme ocurrido a mí...

Es un instante amargo
de calor en las mejillas
de ceguera abismal.
Es el momento
de recoger mis ojos
mis alas
mis hojas,
de replegarme
y leer en mi interior.
Leer mi historia
y leérsela al mundo
como está
sin maquillar.
Aunque me parezca
que no es más que un grano de arroz
en el fondo de un cuenco.

15 de agosto de 2007

Desabrocharme de mi máscara, aunque sea por un momento

Quiero irme lejos,
muy lejos,
donde nadie me alcance.

Perderme
desconocerme
anticiparme a mis palabras
dejar de beber el agua
de todos los días.

Despeinarme.

Romper el hilo de mis pensamientos.

Que el viento del mar
entre en mi materia gris y la sacuda
como el amor agita el corazón dormido.

Lejos, lejos
de todo
de mí.
El mundo es ancho,
no hace falta que camines
con pies pequeños
y voz queda
como si no quisieras
despertar al dragón.

31 de julio de 2007

¡Hágase la luz!

No sé si será una forma más de egocentrismo, del que adolecemos unos cuantos humanos, pero estoy observando una vez más que en la apasionante aventura de ir conociendo a alguien, sus ideas, sus bromas, sus silencios, sus gustos..., en esa aventura, decía, uno también se va descubriendo a sí mismo: "Ah, mira, esto es nuevo, hace un tiempo no hubiera reaccionado así. Qué bien" o "Mmm... ya está aquí otra vez el fantasmita de turno, a ver cómo le doy esquinazo". Lo maravilloso es poder ir mirando todo esto que pasa sin asustarse para poder seguir viendo y viendo... y así infinitamente, para ir poniendo luz en las zonas oscuras, que es la metáfora que a mi gusto mejor define la toma de conciencia.

Hay oscuridad, y entonces miedo, y uno no mira porque... qué habrá ahí; o bien cuando uno ve de refilón algo que no quiere mirar y ¡pumba!, ¡a la habitación oscura! Y entonces el cuarto oscuro, al que nunca se entra, se va llenando más y más, por lo que cada vez da más pereza entrar a ordenarlo, máxime cuando antes de eso habría que atravesar un miedo que cada vez se transforma más en pánico. Pero la sorpresa es que cuando se pone un poquito de luz (y dos ojos bien abiertos para mirar, claro está), se descubre que no es para tanto, que es un poco lo de siempre, lo de todos (aunque uno sea tonto por consolarse, si es que eso es cierto...); que con un poco de cariño, otro poco de paciencia y algo de reflexión, no hay oscuridad que se resista.

Antes, al hablar de la aventura de conocer a alguien, no mencioné la cara oscura de los demás. Aunque a veces al principio (y otras hasta el final) nos resistimos a verla, siempre está ahí, y el ejercicio anterior de encender la luz nos puede venir muy bien para iluminar también el cuarto del que tenemos enfrente, que a veces nos empeñamos en negar, pero otras lo vemos con una nitidez y una claridad con las que nunca veremos el nuestro.

En este baile de claroscuros lo mejor es abrazarse muy fuerte con los ojos cerrados para después abrirlos y dejar que la luz nos bañe y nos desnude y una vez humanos, temblorosos, descubiertos, reírnos enteros: por la pequeñez que nos invade, por la grandeza que besa nuestra piel, por la flor que cada día podemos abrir.