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15 de noviembre de 2011

A veces
quieres dar un paso de elefante,
pero un buen día
después de muchos tropezones
te das cuenta de que por alguna extraña razón
no hay otra forma de hacerlo
que dando
20.000 pasos de hormiga.
Entonces
lo mejor es que te remangues el ego
recojas las velas de ese barco triunfal
que quería dar un salto de gigante
y te tomes una buena infusión de paciencia y humildad
para emprender ese largo viaje
de minúsculos pasos.

25 de octubre de 2011

La magia está en los charcos. También.


Hoy he descubierto los charcos. Sí. Este año creo que voy a tener un buen otoño de charcos. Creo que al final eso que decía mi madre de "ay, cómo te gusta llevar la contraria, hija", va a tener su fruto. Mirar de repente al suelo y recrearme en los círculos concéntricos que creaban las gotitas de lluvia que iban cayendo, me ha traido hoy unos momentos deliciosos. Todo empezó así, buscando la instantánea de esos círculos hipnóticos, y uf, no llegó la primera no, costó muchísimo que estas bellas geometrías se decidieran a posar y, como podéis ver, tímidamente. Pero gracias a eso descubrí la puerta al mundo que se escondía detrás del espejo, de este bellísimo espejo situado justo frente a la Biblioteca Nacional, en Madrid.



Y he empezado a jugar... y me he encontrado con estas maravillas. No sé lo que verían los que pasaban junto a mí, pero yo estaba completamente obnubilada con esa ventana que había encontrado. Feliz y sorprendida a la vez de que algo tan sencillo como un charco, unas hojas secas y una imagen reflejada, pudiera producir tanta belleza; entonces he recordado algo que decía una profesora que tuve en un taller de poesía: lo que importa es la mirada. En el arte, y quizá en todo en la vida, pero en el arte..., se ha hablado muchas veces del amor, de la naturaleza... y se seguirá hablando mientras tengamos voz, pero lo que hace algo diferente es la forma en que se mira. Miradas hay tantas como personas. O casi.



Y parecía algo mágico..., un oasis encantado en medio del tumulto de la ciudad..., un charco encantado... que bailaba ante mis ojos...



Y no sólo lo parecía...


...es como si esta lluvia, que ha traído limpieza para nuestros pulmones, porque este olor fresco y arbolado dan ganas de bebérselo a pequeños sorbos..., hubiera venido a hacerme una limpieza de alma a través de ese bendito charco. Ha venido a decirme, mira, todo se renueva constantemente, se regenera, no te asustes, no pasa nada; por más que parezca que hay una hecatombe, que llega el fin, que se conjugan todos tus monstruítos para cogerte del cuello..., con un gesto sencillo, de repente, se desatan todos los nudos como si fueran de hilo de seda. Y sientes otra vez tus pies plenamente en el suelo y sonríes y das gracias a la vida. Así que desde aquí...





...desde esta sensación de lluvia en el alma que tengo aún, quiero enviar un soplido mágico (fiuuuuuuuuuuuuu) de lluvia fresca y regeneradora, a todos los que estéis leyendo esto y en especial a los que tengáis algún dolor, alguna pena, algo que os esté nublando la vista o que os esté oscureciendo un poco el día. En cada gota está reflejada la alegría de estar vivo, que ya es una estupenda noticia, y un mundo de posibilidades que se abren. La posibilidad de amar... (porque hay que perder el miedo a hablar de amor), el amor con minúsculas y el AMOR con mayúsculas, aunque el amor con minúsculas..., uf, la verdad es que también... tiene sus mayúsculas, ...decía que hay que perder el miedo a hablar del amor, hay que quitarle esa connotación absurda y romanticoide que ha adquirido gracias a todo tipo de negocios que se crean a su costa, y que no tiene nada, absolutamente nada que ver con el amor. Así que os envío mucho amor y muchos deseos de que estéis bien, seáis felices o al menos tengáis un camino de baldosas amarillas que seguir con ilusión, como en El mago de Oz.


13 de junio de 2011

¿Será la primavera...?

El amor viaja en el tiempo a través de la música


Nunca lo había visto así, pero esta mañana mientras un aria de Mozart me ayudaba a subir la cuesta del lunes, lo he sentido claramente. Ahí estaban la mano y la mente del músico, intactas, desplegando con maestría sus emociones; y todo el corazón y el alma que ese día dejó él en la partitura, susurraban hoy en mis oídos, como si fuera entonces. Viajaban por mis células hasta abrir mi corazón como una flor. Esa es la magia del arte, trasciende el tiempo. Gracias, Wolfang, por La flauta mágica, y sobre todo, te daría un abrazo inmenso por el aria de Tamino.

Amor primigenio

La naturaleza en su versión más dulce
nos seduce con sus cantos verdes
su luz, sus colores
y una caricia de aire que
sin necesidad de pedir permiso
visita nuestra piel, perezosa de invierno,
y nos da un baño de cariño de viento.

Entonces nuestros recovecos más tristes
desperezan su ánimo
y despliegan sonrisas de calma
que alimentan el aire,
y empieza el ciclo otra vez...


Ellos también aman





Qué imagen, ¿no? Confieso que después de encontrarlos, no pude resistirme a escuchar la conversación:
-Árbol: "Qué hojas más verdes tienes esta mañana". "No he visto rama igual".
-Árbola: "Me enlazaría en tu tronco hasta que tuviéramos veinte mil nudos".
-Árbol: "Yo me enredaría entre tus hojas al amanecer para beberme cada gota de rocío".
-Árbola: "Y yo daría un paseo por tu limbo, deteniéndome en cada uno de tus nervios".
-Árbol: "Pues yo me abrazaría a esa rama sinuosa que me ofreces y viajaría contigo a esos lugares increíbles que nos traen las aves con sus relatos".

Enternecedor, ¿verdad? Quizá inconscientes al hablar de siglos..., quién sabe, yo en todo caso les deseo un estupendo presente.

6 de agosto de 2010

Cómo me gustaría ser una raya de nube cuando me asalta la culpa



La culpa debe de ser algo congénito en mí. Quizá las monjitas que pusieron rejas a mi colegio tejieron en mí su tela de araña y en cuanto hay un pequeño resquicio por el que no llega el insecticida específico para ese tipo de redes, también llamado autoestima, caigo presa. Ya puede ser algo importante y de lo que realmente sea responsable o la cosa más banal. Es como estar vendida. En esos momentos, si tuviera que testificar en un juicio, seguro que lo haría en mi contra. Por eso, cuando la silla de la defensa se queda vacía, me encantaría ser una rayita de esas que veis ahí arriba. Cruzar la ciudad, llegar hasta el monte y allí seguir tumbada en el cielo, sin otra inquietud que ser una pincelada blanca, y pasar, pasar..., dejar que el viento me lleve . Sin más. Hasta una flecha de tráfico se escapó un rato del trabajo para señalar semejante espectáculo.

22 de septiembre de 2008

Nunca probéis colonia en Día

Después de todo un día convaleciente arrastrándome del sillón al ordenador, intentando hacer algo de provecho, decido salir ya de noche sólo para que me dé el aire en la cara y para constatar que no soy la única alma que habita mi barrio. Como tengo que comprar un par de cosas y me han cerrado ya la biblioteca, que es donde me gusta a mí darme baños de gente (es que mezclados con libros, música y cine dan más gustito), pues decido ir a Día. Han reformado este verano el que tengo más cerca de casa, con lo que ya no es el cutre super en el que cada dos por tres había huecos enormes de productos sin reponer o una mancha en el suelo, abandonada, de claras y yemas. Buaghhh.

Ahora es ¡Día Market! y parece el hermano rico del anterior. Un gusto, la verdad. Tiene muchas más cosas que antes, incluso una mini sección de perfumería. Y como había decidido que fuera mi terapia de esta tarde, ya que no tenía fuerzas ni para una vueltecita por el parque, me he dicho: "A ver, qué puedo hacer, qué capricho me puedo dar..., a ver..., unas galletas que se caen en mi cesta... y... a la vuelta del pasillo, colonia. ¡Probar colonias!" .

Para nada es algo que yo suela hacer, pero en este día sumamente tonto y depresivo a la par que lluvioso, pues de repente eso era un sucedáneo de aliciente. Mira que podía sosprechar perfectamente que a esos precios no iba a encontrar los aromas más deliciosos, pero qué podía perder. La cara interna de sendas muñecas se vio rociada con perfume barato e intenso, que en un instante ha pasado a la punta de mi nariz. Ahora tocaba esperar un poco a que la esencia se acoplara a mi piel y disminuyera la intensidad.

Ya en la cola de caja veo que tengo detrás un chico bastante aparente. No llevaba cesta, sino una pila de cosas entre los brazos haciendo equilibrios. Típico resultado del pensamiento: "Voy a por un par de cositas, no cojo cesta" que luego se convierte en: "Ah, mira, y esto también me hacía falta, uy, cómo me apetece eso...". Justo al ir a colocarlo detrás de mi compra en la cinta de caja, amenaza un brick de leche con tomar su propio camino. Yo, que estaba ya un poquito pendiente y había hecho un amago de sujetar lo que hiciera falta, freno el cartón de leche y después le digo una frase simpática haciéndome la natural y cruzando la mirada sólo un instante. (Estaba bien, pero creo que no acababa de gustarme. Demasiado serio, ¿quizá un poco gay?) Él contesta amablemente después de unos microsegundos en que parecía que no se iba a dignar a decir ni mu. Yo, ya sin excusa para seguir medio girada hacia atrás, atiendo a mi compra mientras mi nuca le mira de soslayo pensando que se lo he puesto fácil si quisiera aprovechar la ocasión. En realidad creo que ni me ha visto. En eso me llega como un dolor la pesadilla de colonia que en maldita hora minutos antes he jugado a rociarme en la muñeca. En fin, es cierto que mi olfato es privilegiado, pero me temo que ante semejante vulgaridad aromática o muy mal tenía que tener él la pituitaria o si no tendría que haber sido muy indulgente con los olores, cosa difícil en una primera impresión. Yo hubiera hecho lo mismo.

No ha dejado de ser una anécdota. A mí tampoco me maravillaba él. Pero, ahora que es la hora de acostarme y todavía no me ha abandonado el sello ya mucho más sutil, casi apacible, del perfume circunstancial de Día, me hago una promesa. No volveré a jugar con las colonias de menos de diez euros. Nunca sabes dónde te espera el hombre de tu vida y no es cuestión de espantarle con la que ni siquiera es tu colonia.

10 de septiembre de 2008

¿Viene del cielo o del infierno?

Estaba yo dándole vueltas a mis problemas, ya con cierto riesgo de que me dieran la vuelta ellos a mí y me hiciera un nudo entre las sábanas, cuando han empezado a caer piedras del cielo; así sonaba el brutal granizo que acaba de caer en Madrid. Buen momento para relativizar. Tras el primer momento de pavor, de ¿será esto el fin del mundo del que hablan?, he recuperado el ritmo de mi respiración y me he dicho con una sonrisa, ay, y yo preocupándome por tonterías. Después, he mirado por el menor hueco posible de la contraventana el suelo completamente blanco del patio, y he rezado (sin oraciones) para que aquello acabara cuanto antes.

23 de agosto de 2008

Verano en la Catedral de Alcálá de Henares

En agosto, las fes se abrazan a las columnas de la catedral buscando refrigerio. Cuesta creer con lo que está cayendo afuera. Pero en este magnífico templo se refresca el alma y las fes vuelven a su sitio.

Yo sigo en el mío, descreída y absorbiendo el frío de la piedra, la grandeza de sus arcos, el color de las vidrieras y la música de fondo (sí, sí, así de modernos son aquí, Gregorianos y similares, por supuesto). Empiezo a soñar por un momento, en mi eterno mundo de ideales, que la catedral se vacía de cruces y pinchos y se transforma en un templo de culto a la vida, al amor, a la alegría. Bajo sus arcos bailamos, estamos en silencio, nos damos la mano, pero no rendimos cuentas nada más que a nosotros mismos. (Después de unos minutos de ensueño, Anita la fantástica vuelve a la realidad.)

Me siento libre, porque los cristos y las vírgenes no me miran a mí. Las velas sin llama no esperan mis 10 céntimos ni mis preces. Sólo cuando veo una cabeza gacha, mucho, como queriendo que se la traguen las baldosas; miradas sumisas al Cristo en la cruz, expiando culpas; unos besos efusivos y pequeños en los pies de Jesús. Entonces sí, siento un leve pesar, un deseo estéril de que mis hermanos se hubieran desprendido ya de papá y mamá y no encadenaran sus vidas al templo del dolor y el pecado.

Lo ilustro con estas fotitos porque pese a que no es lo mío (como veis llevan fecha y todo), creo que pueden transmitir algo de la belleza de esa construcción.













25 de julio de 2008

De repente
tus ojos
y tus ojos
tu sonrisa
y la belleza inmensa
de tu humildad.

Poco a poco
como si hubieras ido pulsando las teclas de mi piel
una a una
despacio
una, otra, otra, otra.
¡Zas!
no sé dónde estoy
me envuelve la risa
digo estupideces y no me contengo.
Sujeto mi brazo
que quiere pegarse al tuyo
sin atender a elucubraciones,
él no entiende de eso:
es piel y quiere la tuya
quiere la tuya
aunque tu cuerpo lleve en la Tierra
mucho menos tiempo que el mío,
qué mierda le importa eso
a mi brazo
a mi pecho a mis manos,
que en un instante han pasado de ignorarte
a desear que tus ojos busquen
su ternura como único alimento.

Pero no estamos solos
y hay cruces de miradas
chispas
(¿o las veo sólo yo?)
bromas continuas,
como una ola que va subiendo
burbuja invisible
jugamos como niños.

Nos quedamos solos
la burbuja se va
y nos deja desnudos
con las sonrisas a medio peinar
y un sabor a vergüenza
que nos tiñe la piel
de un color gris apagado
y deja nuestros labios
como cartón humedecido
que se apresura
a imprimir en el aire
lo que menos desea:
hasta luego.

13 de julio de 2007

Sensores insensibles o el baile del retrete (de señoras)

Entras. Se hace la luz. Uy qué bien, piensas. Y cuando ya estás en posición de intentar no mancharte, es decir, con los pantalones remangados para que no se mojen en el suelo infecto, sujetándolos en los muslos para que no se caigan a ese mismo suelo, midiendo la distancia entre la taza y tú para no rozarla y vigilando que no se caiga el bolso que has colgado precariamente del pomo porque ¡no hay percha!, entonces y sólo entonces, se va la luz como ha venido, por su propio pie.

Descubres, con la sabiduría que da la emergencia, que agitando el brazo en el aire durante un rato, vuelve, y te sientes como Karajan dirigiendo tu propio concierto. Pierdes la concentración, así no hay forma. Te acuerdas de todo el árbol genealógico del dueño del bar, pero te sientes en el fondo un poco Dios con el toque mágico de tu brazo.

Antes de medio minuto se repite la operación. Vas cambiando de brazo para aprovechar y hacer algo de ejercicio. Cuando, después de tres horas más o menos, por fin has terminado y vas a lavarte las manos, tienes que entrar y salir varias veces (ahora no se te ocurre lo de agitar la mano) porque aquí en lugar de medio minuto la duración es de aproximadamente quince segundos. Por supuesto, acabas lavándote a oscuras. Abres el grifo, cuando has puesto las manos bajo el chorro ya se ha ido. Y tus manos empiezan una carrera absurda para correr más que ellas mismas. Después de un rato y mucha mala sangre consigues semilavarte. Lo de secarte ni lo contemplas.

Sales de allí, por supuesto sin luz, y con una sensación de absurdo total. Ante esta situación de cómic junto a tu cabeza se dibuja un globo lleno de exclamaciones e interrogaciones, de rayos y bombas.


Aunque este es un caso algo extremo, me ocurrió hace unos meses. Pero es común que sin llegar a tanto, las luces de los servicios públicos estén programadas para lapsos de tiempo ridículos, que no tienen ninguna relación con el tiempo real que se necesita. Y desde luego les diría unas palabritas a los responsables. Intentar ahorrar, que no sé si al final ahorran tanto, a costa de la incomodidad de sus clientes dice muy muy poco de ellos. En fin, son tantas las cosas que en un momento dado querríamos cambiar y tan difícil hacerlo, que en el camino vale la pena reírse un poco. Pero a veces se consiguen cosas, y me he alegrado mucho cuando hace unos días escuché la noticia de que a partir de ahora se regula por ley la temperatura del aire acondicionado en las empresas (creo que es sólo en las empresas), y se deja así de tener temperaturas de Polo Norte aquí en Europa.

Hoy he visto un ángel

Para Luis

Estaba comprando en una tienda pequeña, de esas que ya casi no quedan. Un hombre alto y de voz grande, que rondaba los sesenta, me atendía. No había nadie más que yo, supongo que era una hora poco habitual y un comercio poco frecuentado. No sé bien cómo, me vi contándole que había dado un giro profesional para intentar dedicarme a lo que me gusta. Enseguida mostró un gran interés y empezó a animarme con mucho cariño, casi como si fuera su hija (o quizá con su hija no lo habría hecho, quién sabe).

Empezó a decir cosas como “al campo no hay que ponerle puertas”, “no hay que rendirse” y otras similares que no recuerdo. Yo le observaba con ojos cada vez más abiertos y con una emoción que también crecía. Un desconocido se implicaba en mi arriesgada decisión y me animaba, sin pedírselo, sin siquiera haberlo imaginado. Parecía magia. Y lo mejor no era que lo hiciera sino que lo hacía a manos llenas, poniendo su alma.

Entonces me contó cómo había dejado él un trabajo bien remunerado y considerado porque decidió que quería pasar más tiempo con su hija y su mujer, y cuando le preguntaron en la empresa si no estaba contento con su empleo, dijo sí, está bien, pero quiero ir en busca de mi felicidad.

Esto no pasa muy a menudo, ni que alguien tenga el valor de hacer lo que él hizo y mucho menos que se entregue a un desconocido de esa forma. Pero no lo he soñado, me ha pasado esta misma tarde. Me ha llenado de felicidad, he sentido su fuerza y su apoyo, y una alegría inmensa por cruzarme con un ser humano como él.

O quizá fuera un ángel.

Pues este ángel se lo quiero dedicar (y quién ha dicho que los ángeles no se puedan dedicar, ¿eh?) a mi amigo Luis, que está en un momento parecido, y que en realidad es otro ángel.

31 de marzo de 2007

En la Quinta de los Molinos

Domingo 25 de marzo

Pequeño estanque,
tu humilde fuente alimenta mis oídos.
El sonido del agua
es una caricia refrescante y calmante para mi alma,
que recibo,
con los ojos cerrados,
mientras escucho el calor del sol
que me baña
y lanza besos, desnudos, a mis mejillas
a mis párpados.
No puedo estar más agradecida.
Mi espalda
pegada al tronco de un árbol,
siente su firmeza, su acogedor apoyo.

Amor de la tierra
de la madre.
La sensualidad empapa sus creaciones
(¿o está en mis ojos?).