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13 de septiembre de 2010

De qué hablarían algunos hombres si no hablaran de fútbol

Me refiero a los que no suele ver hablando de otra cosa. Cuando hablan de un gol, de quién gana y pierde, de lo bueno que es éste o aquél y se les encienden los ojos y casi puedes ver un trozo de su alma asomándose por el cuello de su camisa… Yo, con mi imaginación y mi cámara de reportera de interiores, no puedo dejar de ver sus ganas de hablar con alguien, de decirle lo solo que ha estado este fin de semana o cómo quiere a su mujer aunque no se lo diga ni a ella o qué frustrado se siente dentro de su cuerpo con libro de instrucciones para hombres, pero de la primera edición. No de los de ahora en los que se les invita a ser metrosexuales y paraemocionales, sino de esos con olor a rancio y guión de película de terror donde se decían cosas como "los hombres no lloran" y demás sentencias de esas que han hecho mucho mal al mundo aunque aún no se hayan valorado los daños. Yo les recetaría un programa de renovación de instrucciones que incluiría una rotunda sesión de abrazos (siempre hay voluntarios para esas cosas), un lavado de cerebro en positivo y una sesión de danzas, unas primitivas para que liberen bien su hombre tribal y otras árabes para que exploren a fondo su sensualidad y su lado femenino.

20 de diciembre de 2008

Semana de Antivirus

Después de ya casi una semana, que parece un mes, intentando vencer al virus maligno que se quiere comer mi cuaderno luminoso, mi mente ha empezado a extrapolar, verbo extraño donde los haya y que le encanta (a mi mente).

El antivirus escanea, repasa archivo por archivo si hay infección y luego supuestamente cura. Esa fase todavía no la he podido concluir, confieso. Pero no os preocupéis, leer esto no os contagiará, no obstante, si queréis estar más seguros poneos guantes en los ojos y ya está. Perdón, creo que el virus está ahora jugando a la comba entre mis neuronas.

A lo que iba, extrapolemos: por qué no hay un antivirus para humanos, que escanee nuestro cerebro, nos pase un informe de los sectores dañados y luego nos haga un lavado, quiero decir una limpieza y restauración, y nos deje listos para ser felices. Aunque sigamos llevando un antivirus residente, así se llaman los que previenen el daño antes de que suceda. Que ve que nuestro cerebro va a volver a infectarse, stop, freno, lo detiene antes de que vuelva a minarnos y… reiniciamos el equipo. Jo, qué bien estaría, ¿no?

Aunque algo así creo que existe, pero es manual. Vamos, que tiene que ir uno mismo, como hormiguita revisándolo todo y estando alerta… en fin, agotador. Pongamos un fondo para investigación, por favor.

31 de julio de 2007

¡Hágase la luz!

No sé si será una forma más de egocentrismo, del que adolecemos unos cuantos humanos, pero estoy observando una vez más que en la apasionante aventura de ir conociendo a alguien, sus ideas, sus bromas, sus silencios, sus gustos..., en esa aventura, decía, uno también se va descubriendo a sí mismo: "Ah, mira, esto es nuevo, hace un tiempo no hubiera reaccionado así. Qué bien" o "Mmm... ya está aquí otra vez el fantasmita de turno, a ver cómo le doy esquinazo". Lo maravilloso es poder ir mirando todo esto que pasa sin asustarse para poder seguir viendo y viendo... y así infinitamente, para ir poniendo luz en las zonas oscuras, que es la metáfora que a mi gusto mejor define la toma de conciencia.

Hay oscuridad, y entonces miedo, y uno no mira porque... qué habrá ahí; o bien cuando uno ve de refilón algo que no quiere mirar y ¡pumba!, ¡a la habitación oscura! Y entonces el cuarto oscuro, al que nunca se entra, se va llenando más y más, por lo que cada vez da más pereza entrar a ordenarlo, máxime cuando antes de eso habría que atravesar un miedo que cada vez se transforma más en pánico. Pero la sorpresa es que cuando se pone un poquito de luz (y dos ojos bien abiertos para mirar, claro está), se descubre que no es para tanto, que es un poco lo de siempre, lo de todos (aunque uno sea tonto por consolarse, si es que eso es cierto...); que con un poco de cariño, otro poco de paciencia y algo de reflexión, no hay oscuridad que se resista.

Antes, al hablar de la aventura de conocer a alguien, no mencioné la cara oscura de los demás. Aunque a veces al principio (y otras hasta el final) nos resistimos a verla, siempre está ahí, y el ejercicio anterior de encender la luz nos puede venir muy bien para iluminar también el cuarto del que tenemos enfrente, que a veces nos empeñamos en negar, pero otras lo vemos con una nitidez y una claridad con las que nunca veremos el nuestro.

En este baile de claroscuros lo mejor es abrazarse muy fuerte con los ojos cerrados para después abrirlos y dejar que la luz nos bañe y nos desnude y una vez humanos, temblorosos, descubiertos, reírnos enteros: por la pequeñez que nos invade, por la grandeza que besa nuestra piel, por la flor que cada día podemos abrir.