Hay canciones que me sobrecoge descubrir. Porque me parece imposible que no se hayan compuesto pensando en mí.
Lo cotidiano, lo humano (y poco divino). Sentimientos, presentimientos, pensamientos y otras flores..., a veces con humor, casi siempre con amor.
29 de agosto de 2010
9 de agosto de 2010
Tirar con el corazón
Puede sonar un poco extraño, pero lo he descubierto hace unos días haciendo limpieza en un cajón. Había cosas que me resistía a tirar pese a no haberlas utilizado en mucho tiempo. Algo en mi cabeza me decía que debía guardarlo, que quizá un día... Mezcla de recuerdos con regalos con apegos... Uf! De pronto, empecé a escuchar a mi corazón y todo era más limpio, más directo. Quiero tirar eso; no sé bien por qué, quizá no sea lo mejor, blablabla, pero me apetece tirarlo. Qué liberación. Cuánto ponemos a veces en los objetos.
6 de agosto de 2010
Cómo me gustaría ser una raya de nube cuando me asalta la culpa
La culpa debe de ser algo congénito en mí. Quizá las monjitas que pusieron rejas a mi colegio tejieron en mí su tela de araña y en cuanto hay un pequeño resquicio por el que no llega el insecticida específico para ese tipo de redes, también llamado autoestima, caigo presa. Ya puede ser algo importante y de lo que realmente sea responsable o la cosa más banal. Es como estar vendida. En esos momentos, si tuviera que testificar en un juicio, seguro que lo haría en mi contra. Por eso, cuando la silla de la defensa se queda vacía, me encantaría ser una rayita de esas que veis ahí arriba. Cruzar la ciudad, llegar hasta el monte y allí seguir tumbada en el cielo, sin otra inquietud que ser una pincelada blanca, y pasar, pasar..., dejar que el viento me lleve . Sin más. Hasta una flecha de tráfico se escapó un rato del trabajo para señalar semejante espectáculo.
21 de junio de 2010
Cuento, luego existo
He descubierto que esta es mi máxima. ¿Necesidad de comunicar? Sí... ¿De compartir? Sí... Pero ¿por qué a veces parece que si no lo cuento es casi como si no hubiera pasado? Es como si lo que quiera que sea que haya vivido, o pensado incluso, tuviera que franquear estas paredes mías (que son menos de cuatro) para tener sentido. Como si tuviera que tomar forma o cuerpo fuera de mí. Por eso me gusta tanto escribir, quizá es cuando queda más patente. Y lo más personal o lo cotidiano, lo voy guardando en una esquinita de mi mente hasta que puedo irlo liberando con el interlocutor adecuado. Lo cierto es que creo que sería más feliz si no me gustara tanto dar parte de mis idas y venidas y compartir mis pensamientos y reflexiones. Porque estaría todo más quieto dentro de mí y no me agitaría como una burbuja en una coctelera cada vez que algo me conmueve o me alegra o me hace gracia..., vamos, siempre. No hablemos de cuando me enamoro, o incluso de cuando simplemente hay alguien en el horizonte susceptible de. Algunos habéis sido testigos hace poco. En esos momentos lo gritaría a los cuatro vientos, lo cantaría, lo pintaría. Y quizá, quizá, tenga que hacer todo eso para que no me desborde dentro, porque tal vez yo sea hija de la intensidad no sé bien por qué, pero así vivo las cosas. Y noto que se me está pegando la forma de escribir de Murakami, el cual me tiene absolutamente fascinada porque le acabo de descubrir. No sé, pero no lo voy a tratar de evitar,se me pasará. Me pasa mucho cuando me gusta un autor, pero en este caso ha sido fuerte porque creo que me ha abierto un camino que está en mí y yo no me atrevía a seguir. No sé si me entendéis. No es que copie algo que no es mío y deje de ser yo, sino que descubro algo mío que no salía a la luz y así me acerco más a mí. Y como me parece que estoy pasando de contar a desbarrar y tengo sueño y tampoco quiero perder los poquitos lectores que tengo pues lo dejo aquí. Por cierto, esos pocos lectores sois un tesoro para mí. Que conste.
13 de junio de 2010
Es lo que odio del amor, que de repente parezca imprescindible. Tú estás tan tranquila con tu vidita sin altavoces, porque no hay nada que gritar a los cuatro vientos, sin pájaros que coreen por la mañana los besos que te despiertan. Deseando que aparezca, pero disfrutando de esa comodidad que da el no tener que arriesgar nada. Tú estás ahí, en ese limbo absurdo, cuando aparece alguien que te mueve un poquito el suelo, así como jugando a tirar del mantel... Y de repente, sólo quieres que esté ahí, que te quiera, que te abrace. Eres capaz de apoyar la cabeza en la nevera haciendo círculos mientras sueñas con sus ojos o piensas en cómo dijo esa palabra o qué tierna sonó su voz en tal instante..., o de perder infinitos minutos con una sonrisa cándida frente a sus palabras en el ordenador. Y entonces, al ritmo que tu vidita va creciendo para ser VIDA, también se agrandan los: y si..., cuando sepa..., cómo voy a... sin él. Y ya tu vidita parece que no tiene sentido sin esa otra vidita que te enciende. Ay..., ¡cómo odio el amor cuando se pone tan estupendo!
20 de abril de 2010
Primavera gris
Suscribirse a:
Entradas (Atom)