12 de diciembre de 2007

Analfabetismo emocional

Y ahora de qué me sirven
la geografía, las matemáticas, la historia...
¿Qué hago,
elevo al cubo tu cariño
o divido por mil mi falta de tacto?
O mejor hallo la hipotenusa
de nuestro triángulo: tú, yo y la incertidumbre...

Quiero olvidar los ríos, las preposiciones,
los tiempos verbales,
y saber manejar mis emociones
o al menos que no me manejen ellas a mí.

Quizá, quizá
yo sea muy mala alumna en esa asignatura
puede que hubiera suspendido
incluso repetido curso.
Pero no soy la única
si no, ¿por qué medio mundo toma pastillas para:
no morirse, no matar, poder dormir, estar de pie,
sonreír de vez en cuando?

Y de los que no tomamos pastillas habitualmente
muchos, muchos,
vivimos en un continuo preescolar
haciendo garabatos
que nunca llegan a convertirse
en dibujos
y viviendo un continuo ajetreo interno,
que de niños era bonito
pero después de años de andar deshojando margaritas
a uno se le queda un cuerpo de barco
que ya siente el oleaje aunque esté en tierra.

Ya sé que la vida es una escuela.
Es que si no
todavía estaría deshojando la primera margarita.

14 de noviembre de 2007

La belleza, esa gran desconocida

(Uf, qué largo me ha salido, yo en internet no suelo leer cosas tan largas, vosotros veréis...)

Hoy he conocido a un feo. Y es extraño que yo califique a alguien así, porque no suelo encontrar gente que me parezca fea. Reconozco que escribir esta palabra me incomoda un poco, siento cierto pudor. Pero al mismo tiempo quiero dejar la realidad desnuda, o el juicio, porque al fin y al cabo no es otra cosa. Sus facciones cercanas al mono me llevaron a pensar primero que era un hombre poco cultivado, un poco paleto, para decirlo sin tapujos, pero en cuanto le oí hablar supe que me equivocaba, es entonces cuando pasó a ser sencillamente feo. Bueno, no, sencillamente no.
De las ocho personas que me acompañaban en esa reunión, sólo había una cuya sonrisa me secuestraba: el baile lento y rítmico de sus facciones; de cada milímetro de su rostro, para componer el ángel que llevaba escrito en sus ojos. Estaban en juego todos los músculos de su cara, diría más, todos los átomos de su cuerpo. Y creo que eran ellos los que enviaban a los átomos del mío una corriente vital, una sensación de veracidad, de que había frente a mí un ser humano que mostraba un trocito de su alma, sin pintar, sin operar ni maquillar. (Y yo, creo que soy un poco cursi, no va a quedar más remedio que reconocerlo, y estas cosas me emocionan mucho, mucho.)
¿Era feo? La luz que salía de él nublaba a todos los demás, que aunque no eran especialmente guapos tampoco eran feos. Pero ¿quién nos ha enseñado lo que es la belleza?, ¿quién lo sabe? No sé, yo también me hago un jaleo, sólo sé que aún colocándole en ese rango en un principio, después, mirándolo, hubiera querido tener una varita mágica para borrar a todos los demás de aquella sala y dedicarme al feo. A mirarle, escucharle, descubrirle. Ahondar en los atisbos de ternura que escapaban de sus ojos. Pero sin varita sólo pude admirarle hasta que acabó la reunión, evitar una urgente visita al baño para intentar coincidir unos momentos y después de un par de preguntas mías entre dos montañas de timidez, camino del metro, un pensamiento traicionero o realista que dice, vamos, es absurdo, no le vas a pedir el teléfono, entonces se bifurcan los caminos y tras una despedida breve, mientras mi mente pretendía estar ya en otro sitio, acababa de girar cuando escucho: encantado, y no tuve tiempo, no encontré ya la forma de volver a girar la cabeza. Y se quedó bailando dentro de mí, un "sí, yo también".

4 de noviembre de 2007

Incierta,
paseo por el pequeño libro
que me regalaste,
acariciando en sus páginas
tu frente,
rezando sus poemas
como mantras mágicos
que pudieran llevarme contigo
traerte a mí.
Si al menos
al cerrar los ojos
visitáramos esta noche
el mismo sueño.
Si tristeza
llanto,
si alegría
se arremolinan contentas mis lágrimas.
Ya casi no tengo esperanza
de dejar de ser
algún día
MUJER DE AGUA.

4 de octubre de 2007

MIEDO

Maldito aliado,
me acompaña sin cansancio
en los peores
y en los mejores momentos.

Compañero infernal,
se me agarra al estómago
con dedos de hierro
y me parte por la mitad.

Huracán de fuego,
le basta un segundo
para arrasar con todo
lo que día a día,
con mimo y dolor
he cosechado.

Viento del diablo,
¿mi cuerpo...?,
un diminuto muñeco
a tu merced.

Tú marcas el paso
y mi carne llora en silencio,
mis poros helados te veneran.

Fiel enemigo,
a tu lado soy quebradiza
como una rama seca;
fino papel en blanco
con ojos asustados,
que ni siquiera una coma
imprimo,
ni un NO ni un ¡ay!
ni un ¡BASTA!...

Déjame que escupa
el veneno verdinegro
que mora por mis venas.
Déjame al menos,
miedo,
que te maldiga esta noche.

Mañana, ¡luz divina!
te harás el dormido,
mas yo bien sé
cuánto te asusta una mujer despierta.

Os traigo, creo que por segunda vez, un poema antiguo. El miedo ha estado siempre conmigo de una forma contundente. Hoy he recordado este poema porque prácticamente hubiera podido volver a escribirlo, al menos en esencia. Aunque afortunadamente ya no es como antes, él está ahí, al acecho, y cuando bajo las defensas, intenta devorarme. Porque el miedo, para no usar eufemismos, devora. Y desde luego no lo digo sólo por mí; devora al mundo entero. Hay que luchar, amar, contra él. No permitir que se coma nuestras ilusiones en un banquete de mal entendida cordura.

2 de octubre de 2007

Cuando uno intenta cambiar de rumbo

Para Jose Ángel

Bajo mis pies, nada.
Aire. Vacío. Camino sin hacer.

Dentro de mi cabeza, todo.
Principios, finales, sueños, miedos,
tentativas, dudas, ideas, tormentos, más dudas,
alegrías, intuiciones, desvaríos:
madeja enredada donde no hay espacio
para el descanso.

Y de repente una pequeña luz
alumbra la zona más insospechada
y una suerte de paz se asoma a mi alma
fuera de toda previsión,
tanto, que no la quiero
lucho
me resisto
esto no es lo planeado...

pero esa calma extraña se me sube a la espalda
y se mece entre mis costillas,
no puedo eludir su abrazo,
qué descanso...