Quiero irme lejos,
muy lejos,
donde nadie me alcance.
Perderme
desconocerme
anticiparme a mis palabras
dejar de beber el agua
de todos los días.
Despeinarme.
Romper el hilo de mis pensamientos.
Que el viento del mar
entre en mi materia gris y la sacuda
como el amor agita el corazón dormido.
Lejos, lejos
de todo
de mí.
Lo cotidiano, lo humano (y poco divino). Sentimientos, presentimientos, pensamientos y otras flores..., a veces con humor, casi siempre con amor.
15 de agosto de 2007
7 de agosto de 2007
31 de julio de 2007
¡Hágase la luz!
No sé si será una forma más de egocentrismo, del que adolecemos unos cuantos humanos, pero estoy observando una vez más que en la apasionante aventura de ir conociendo a alguien, sus ideas, sus bromas, sus silencios, sus gustos..., en esa aventura, decía, uno también se va descubriendo a sí mismo: "Ah, mira, esto es nuevo, hace un tiempo no hubiera reaccionado así. Qué bien" o "Mmm... ya está aquí otra vez el fantasmita de turno, a ver cómo le doy esquinazo". Lo maravilloso es poder ir mirando todo esto que pasa sin asustarse para poder seguir viendo y viendo... y así infinitamente, para ir poniendo luz en las zonas oscuras, que es la metáfora que a mi gusto mejor define la toma de conciencia.
Hay oscuridad, y entonces miedo, y uno no mira porque... qué habrá ahí; o bien cuando uno ve de refilón algo que no quiere mirar y ¡pumba!, ¡a la habitación oscura! Y entonces el cuarto oscuro, al que nunca se entra, se va llenando más y más, por lo que cada vez da más pereza entrar a ordenarlo, máxime cuando antes de eso habría que atravesar un miedo que cada vez se transforma más en pánico. Pero la sorpresa es que cuando se pone un poquito de luz (y dos ojos bien abiertos para mirar, claro está), se descubre que no es para tanto, que es un poco lo de siempre, lo de todos (aunque uno sea tonto por consolarse, si es que eso es cierto...); que con un poco de cariño, otro poco de paciencia y algo de reflexión, no hay oscuridad que se resista.
Antes, al hablar de la aventura de conocer a alguien, no mencioné la cara oscura de los demás. Aunque a veces al principio (y otras hasta el final) nos resistimos a verla, siempre está ahí, y el ejercicio anterior de encender la luz nos puede venir muy bien para iluminar también el cuarto del que tenemos enfrente, que a veces nos empeñamos en negar, pero otras lo vemos con una nitidez y una claridad con las que nunca veremos el nuestro.
En este baile de claroscuros lo mejor es abrazarse muy fuerte con los ojos cerrados para después abrirlos y dejar que la luz nos bañe y nos desnude y una vez humanos, temblorosos, descubiertos, reírnos enteros: por la pequeñez que nos invade, por la grandeza que besa nuestra piel, por la flor que cada día podemos abrir.
Hay oscuridad, y entonces miedo, y uno no mira porque... qué habrá ahí; o bien cuando uno ve de refilón algo que no quiere mirar y ¡pumba!, ¡a la habitación oscura! Y entonces el cuarto oscuro, al que nunca se entra, se va llenando más y más, por lo que cada vez da más pereza entrar a ordenarlo, máxime cuando antes de eso habría que atravesar un miedo que cada vez se transforma más en pánico. Pero la sorpresa es que cuando se pone un poquito de luz (y dos ojos bien abiertos para mirar, claro está), se descubre que no es para tanto, que es un poco lo de siempre, lo de todos (aunque uno sea tonto por consolarse, si es que eso es cierto...); que con un poco de cariño, otro poco de paciencia y algo de reflexión, no hay oscuridad que se resista.
Antes, al hablar de la aventura de conocer a alguien, no mencioné la cara oscura de los demás. Aunque a veces al principio (y otras hasta el final) nos resistimos a verla, siempre está ahí, y el ejercicio anterior de encender la luz nos puede venir muy bien para iluminar también el cuarto del que tenemos enfrente, que a veces nos empeñamos en negar, pero otras lo vemos con una nitidez y una claridad con las que nunca veremos el nuestro.
En este baile de claroscuros lo mejor es abrazarse muy fuerte con los ojos cerrados para después abrirlos y dejar que la luz nos bañe y nos desnude y una vez humanos, temblorosos, descubiertos, reírnos enteros: por la pequeñez que nos invade, por la grandeza que besa nuestra piel, por la flor que cada día podemos abrir.
21 de julio de 2007
Diminuta en ti
Me gustaría poder viajar contigo
escondida en el bolsillo de tu camisa
pegadita a tu pecho
arrullada por el suave canto de tu corazón.
Es ese deseo entrometido
de abarcar tu soledad
de saber cómo callas
cómo respiras,
cómo late tu corazón
y sonríes cuando la belleza del mundo se come tus ojos.
En tu camisa
pero en realidad dentro de tu piel
para estar entre bambalinas
cuando te estremezcas
cuando descanses y sueñes
cuando sientas amor por cualquier ser o cosa
y cuando el dolor quiebre tus mejillas
o la rabia desate tu sangre.
Quiero, dulzura,
entrar en tu bolsillo,
en el bolsillo de tu piel,
y quedarme a vivir allí una de mis vidas
(las otras las necesito para abrazarte, para escucharte y para reírnos).
escondida en el bolsillo de tu camisa
pegadita a tu pecho
arrullada por el suave canto de tu corazón.
Es ese deseo entrometido
de abarcar tu soledad
de saber cómo callas
cómo respiras,
cómo late tu corazón
y sonríes cuando la belleza del mundo se come tus ojos.
En tu camisa
pero en realidad dentro de tu piel
para estar entre bambalinas
cuando te estremezcas
cuando descanses y sueñes
cuando sientas amor por cualquier ser o cosa
y cuando el dolor quiebre tus mejillas
o la rabia desate tu sangre.
Quiero, dulzura,
entrar en tu bolsillo,
en el bolsillo de tu piel,
y quedarme a vivir allí una de mis vidas
(las otras las necesito para abrazarte, para escucharte y para reírnos).
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